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Por Bruno Ríos

La traducción al español de la palabra drift pierde la ambigüedad de su sentido. La deriva es siempre el nombre de una condición: un navío, una persona, incluso en sentido figurado, está a la deriva. To drift, como verbo, puede en cambio traducirse en otra palabra que no necesita la perífrasis: naufragar es también estar a la deriva. Más allá de traducir, lo que nos propone Drift (Nightboat, 2014), de Caroline Bergvall, es perdernos.

Ella misma lo dice en algún momento: “this project is not an execise in translation”, mejor aún: “it is a template for (…) excavating language” (151-152). Es, entonces, una excavación. La pregunta inicial es, ¿qué es exactamente eso que estamos excavando? ¿Somos también los lectores partícipes de la excavación?

El primer acercamiento a Drift es, por necesidad, el de seguir su provocación. Como asevera Dana Levin en su reseña para Boston Review, las lecturas que pueden hacerse de este libro siguen, por lo menos, dos caminos: el camino sin rumbo fijo —para perderse—, y el camino iluminado. Si comenzamos a leer el libro de principio a fin es porque estamos dispuestos a adentrarnos en su compleja red de yuxtaposiciones. Este camino comienza inmediatamente con la solapa, en la cual el lector vislumbra de manera muy concisa un pequeño compás que, tal vez, pueda orientarle un poco: “Due north / following / a medieval sea poem / a contemporary sea drift / an aircraft surveillance image / a forensic report / a runic sign”. Y poco más. Lo que viene después es una serie de ilustraciones (16 en total) que reproducen líneas paralelas muy finas, dispuestas horizontalmente, y que van interrumpiéndose con trazos hacia arriba, curvándose como lo harían las cuerdas de un violín al romperse o emulando tal vez el quiebre del oleaje en el mar. En la siguiente sección hay 16 canciones que hacen eco del poema medieval anónimo “The Seafarer”.

En el centro de su artificio está el proceso de reencontrarse, desde lo contemporáneo, con la lengua anglosajona medieval. Pelearse, más bien, con el arcaísmo. Lo más estremecedor del trabajo de Bergvall está en la meticulosidad con la que se acerca al nivel de la unidad lingüística. Para que la poesía sea un verdadero trabajo de excavación delicada, que después nos confiesa es también una forma de aprehender (y aprender) una lengua que no domina, la violencia de la lengua y su interrupción con otros códigos no puede sostenerse a la distancia, debe hacerse desde el detalle más cercano. La búsqueda más feliz de este libro sucede en lo más elemental: en la deriva del morfema. Al finalizar las 16 canciones –que Levin propone como aquellas que podrían surgir de los pentagramas sin notación que sugieren las ilustraciones que abren el libro– nos encontramos en otro espacio: el hafville. Bergvall nos ha llevado de la confusión fonética entre el desplazamiento continuo del inglés moderno y el inglés antiguo, hasta otro espacio desconocido. Los hafville son textos de descomposición morfológica en donde, mediante la desaparición de la vocal, reproducen formalmente la sensación de perderse en el lenguaje, de naufragar a medias, sabiendo que es posible leer sin tener todos los elementos. Estamos, al modo de las sagas islandesas y nórdicas que relatan la exploración de los mares del Norte, en el terreno original de lo que significa hafville: el yermo del mar, sea wilderness.

Sin embargo, en el centro del libro, como bisagra que nos regresa a un momento presente, está el reporte forense de un naufragio contemporáneo. Sin duda, es una hazaña intrépida saltar a la situación política de los migrantes en el mediterráneo tras ir allá, tan atrás como el poema medieval. Empezando con una fotografía tomada por un helicóptero de búsqueda, el reporte cuenta la historia de una balsa inflable, con capacidad para 25 personas, que trasladó poco más de 70 migrantes por el mar Mediterráneo hasta quedarse a la deriva. La tragedia, escrita en un lenguaje tan parco como el de un parte judicial, incorpora los testimonios de algunos de los 10 sobrevivientes del naufragio. Es la historia de un navío, una balsa, que fue abandonada para que sus pasajeros murieran lentamente, sin aparente explicación alguna. Es en este momento, y en la parte siguiente titulada “Shake”, en el que Bergvall se apropia del testimonio y lo reescribe. Utiliza la estética forense, la que trae al frente al objeto como testigo. La voz de los otros, y su imagen, son los que hablan por aquellos que ya no pueden hacerlo.

Si leemos en este orden, de portada a contraportada, aceptamos el pacto de luchar constantemente contra la complejidad no declarada del libro desde el principio. Nos perdemos en un proyecto que va más allá de la página. Poco después de una exploración amplia sobre la perdida grafía anglosajona “thorn” (Þ, þ), en el apartado “Shake”, comenzamos a leer el camino inverso, el camino iluminado que menciona Levin. A partir del aparado “Log”, Bergvall nos lleva de la mano por su proceso de escritura, las implicaciones de un proyecto literario y de performance como el que elabora, así como las motivaciones personales de querer “perderse” en sus materiales. Pero tal vez lo más productivo de este apartado es que leemos al mismo tiempo el proceso y el resultado. Entendemos, o desmentimos, las intuiciones que tenemos en una primera lectura, ya que Bergvall, aunque no a profundidad, nos muestra la naturaleza de sus fuentes. Deja la brújula para guiarnos, hasta el final.

Podría parecer contraproducente para algunos lectores proveer esta última brújula, la sección final del libro. Pareciera que para aquellos que estamos más dispuestos a aceptar el desafío que provoca la lectura del libro, la larga sección y la declaración de las fuentes está de más. ¿No es más provocador excavar, también como lectores, las propias fuentes que sugiere la construcción de la obra? ¿Es pedirle demasiado al lector? Me parece que Drift, después de varias lecturas, sigue sugiriendo que vivamos el proceso de su construcción, de sentir esa sensación de estar a la deriva, aún después de saber un poco más sobre el proceso.

Esta, creo yo, es la respuesta a la pregunta inicial –y fundamental– de este libro. Lo que estamos excavando es otra manera de leer y, por ende, otra forma de escribir. Lo perdido implica también una búsqueda. Drift es una poética de lo perdido, de los objetos perdidos, de las grafías de lenguajes perdidos, de los migrantes perdidos. La balsa, la theta (θ) y el thorn (Þ, þ), la yogh (Ȝ ȝ), los cuerpos de los muertos y las palabras que hablan por ellos; la excavación de un pasado personal problemático, el dejar a alguien que amas o que has dejado de amar.

Todo junto es perderse.