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Entrevista con Alejandro Higashi en torno a su libro PM/XXI/360˚, en el cual se aborda la situación actual de la poesía publicada en México en el siglo presente, desde sus condiciones de producción hasta su (escaso) consumo por parte los lectores.

Por Rafael García González

Con respecto a la lectura de la poesía contemporánea −la de este siglo− uno de los principales obstáculos que señalas en PM/XXI/360˚ es lo que denominas atrofia lectora. En otras palabras: no podemos o no sabemos leer poesía. ¿Cuál crees que sería la principal vía para salir de esta situación?

Creo que vivimos en una encrucijada muy interesante; por un lado, se manifiesta mucho interés en la escritura de poesía y, por otro, nos topamos con lectores que presentan competencias comunicativas cada vez más deficientes, no solamente para la lectura de textos literarios, sino de cualquier tipo. No veo una solución a corto plazo; se trata de un deterioro que ya tiene muchos antecedentes en los sistemas educativos. Creo que la única solución sería, justamente, educar y buscar mayor calidad en las habilidades de lectura, mucho antes que buscar elementos como contenidos e identificación de personajes que, desde el punto de vista pedagógico, son muy fáciles de analizar para un alumno promedio, pero desde la perspectiva de las intenciones de un texto escrito y de lo que se busca hacer con la lectura, no son satisfactorias ni de manera inmediata.

Al hablar de educación, ¿te refieres a todos los niveles?

Sí, yo creo que tiene que ver con una educación en los niveles básico, medio y superior. Por supuesto que se manifiesta con mucho más claridad y urgencia en el nivel superior porque las lecturas son ya especializadas y ahí se evidencia la falta de competencias lectoras. Obviamente nuestro interés principal es la poesía, pero cuando pasamos al texto académico especializado, ya sea técnico, científico o humanístico, nos damos cuenta de que hay deficiencias muy claras en distintos sectores de los planos de lectura, desde la identificación de estrategias de planeación, hasta la falta de léxico, por ejemplo.

Si nos centramos específicamente a la educación superior ¿cómo dimensionas esta atrofia lectora para la poesía en las universidades, particularmente en las carreras de Letras Hispánicas?

En mi experiencia, diría que la poesía siempre es el “patito feo” de las carreras de Letras. Yo estudié en la Universidad Veracruzana y allá, por ejemplo, los cursos se organizaban en periodos históricos. Tenías la posibilidad de estudiar: novela, cuento, ensayo, teatro… y poesía. Los profesores, naturalmente, seleccionaban cada uno de los otros géneros y la poesía siempre quedaba en un quinto plano: no la veíamos. Creo que lamentablemente hay muchos problemas de formación con respecto a la lectura de los textos poéticos, incluso en los ámbitos de más alta profesionalización. Ahora, eso es muy atractivo también. Creo que el auge repentino de la poesía mexicana tiene que ver con tratarse de un área en la cual no se enseña ni se lee de forma sistemática, ya que eso también genera mucha libertad para los creadores de alguna manera: el hecho de no tener un canon preestablecido. Si hablamos de narrativa mexicana, se tiene muy claro un canon, compuesto por la obra de Rulfo y otras más. En cambio, en el caso de la poesía, fuera de Paz parece muy difícil encontrar un canon. Si observamos los programas de las distintas universidades que ofrecen cursos de poesía mexicana, encontramos que los cursos se detienen en los Contemporáneos, a veces −con mucha suerte− llegan hasta Paz, pero luego todo lo demás es una nebulosa. Eso, de alguna manera, favorece que la poesía sea vea como un género que, por un lado, no entra en los programas de estudio, y por otro, se considera también como un generador de muchísima libertad, porque lo que hay más bien es un desconocimiento desde la perspectiva más profesional.

Con frecuencia, somos lectores muy superficiales de poesía. Algo que a mí siempre me parece muy preocupante de los lectores profesionales es ese momento en el cual se estancan en la alegoría. Es decir, leen sólo la parte más superficial del poema. Un ejemplo que uso mucho en mis clases es El tigre en la casa, de Eduardo Lizalde. Los alumnos entienden que se trata de un poema en el cual hay un tigre que está encerrado en una casa, pero luego nunca pasan a un nivel donde eso tenga una aplicación práctica, inmediata, en su vida. No llegan a encontrar el valor de esa epifanía: cómo ese tigre representa una emoción, que puede ser igual el amor que el odio, el enojo o la frustración, y nunca llegan a entender cómo eso puede relacionarse con su vida inmediata. Esto en el fondo es algo que nos viene de la narrativa. Es decir, en la narrativa aprendimos a leer un cuento y nos enseñaron que el análisis y la interpretación del mismo consistían en identificar protagonista, antagonista, conflicto y espacio narrativo. Pero ahí todavía no tenemos realmente el uso práctico, estético e incluso epifánico del cuento: lo que tenemos son los elementos constitutivos de la fábula. En el fondo, pasa lo mismo con el poema: se analiza la alegoría sin llegar nunca al siguiente plano, el de una ejecución práctica de ese poema en la vida inmediata.

En tu libro señalas la tendencia actual hacia una poesía dirigida a un público cada vez más reducido y muy especializado. ¿Crees que con la crítica −y sobre todo con la académica− pasa algo similar? ¿Qué papel consideras que juega la crítica en la atrofia lectora?

Si puede hablarse de atrofia lectora cuando se trata de leer poesía, la atrofia lectora para leer crítica debe ser supinamente mayor. Considero que en la crítica, lamentablemente, pasamos por un periodo (sobre todo en los años finales de los setenta y en todos los años ochenta) en el cual tuvimos una sobreproducción de teoría literaria. Esta sobreproducción estaba inmersa en un marco muy complejo. Por ejemplo: inmediatamente que se publicaba un libro de teoría literaria en Francia, Siglo XXI y Fondo de Cultura Económica lo traducían. Por lo tanto, nosotros trabajamos durante mucho tiempo en un tercer mundo con un marco teórico desarrollado para una literatura francesa, de primer mundo. De alguna manera, eso nos dio la ilusión de que habíamos llegado al primer mundo, pero nunca llegamos a él porque nosotros nunca aprendimos a producir nuestro propio marco teórico; lo que hicimos fue aplicar marcos teóricos ajenos. Esto, sin duda trajo beneficios inmediatos. El primero de ellos fue que de la noche a la mañana nos transformamos en especialistas. Para ser lectores de un cuento, un poema o de una obra de teatro, ya no necesitábamos tener lo que antes hacía falta: sensibilidad, erudición, un conocimiento del contexto y un conjunto de conocimientos que no se adquieren en una sesión de dos horas en la universidad. En cambio, la aplicación de un marco teórico nos permitió leer un libro de Gérard Genette en una semana y a la siguiente, una novela; juntar todo y aplicarlo. Esto de alguna manera permitió que muchos investigadores, en un periodo muy corto y con cierta eficiencia, se profesionalizaran en los años ochenta. Creo que seguimos atados a esa inercia, que al final también es perjudicial porque se pierde lo que es la vocación fundamental de la crítica literaria, la que señalaba Antonio Alatorre: el crítico literario no es alguien excepcional, es un lector con una mayor experiencia de lectura y lo que hace es poner esa experiencia al servicio de otros lectores para explicarles cuáles son las relaciones significativas que se pueden establecer entre un texto específico y otros textos periféricos. Eso se perdió porque el crítico se volvió un guía dentro del marco teórico de la teoría literaria y al final, es un poco estéril hacer ese análisis de esa metodología y de esa conceptualización para llegar a las mismas conclusiones que el teórico, sea un Roland Barthes o sea un Gérard Genette. Me temo que caímos en esa inercia. Sin embargo, hay gente que creo que ha sabido escapar de ella. En el caso de Evodio Escalante, él tiene un muy buen equilibro entre un marco teórico dosificado, útil −los conceptos teóricos no los utiliza para hacernos parecer ignorantes, sino porque realmente los va a aplicar a su análisis− y una dimensión filosófica. Él ha encontrado una muy buena conversación entre teoría literaria, marcos filosóficos y poemas, muy adecuada para ambas disciplinas. Por lo tanto, podemos ver que hay excepciones muy importantes y creo que al final éstos serán los teóricos o los críticos literarios que van a tener una influencia en los grupos posteriores y en las generaciones más jóvenes. De hecho, ya lo podemos ver: a pesar de que Evodio Escalante es un crítico muy joven, ya hay una generación entre los treinta y los cuarenta años muy influida por su trabajo.

Frente a esta tendencia a aplicar forzosamente la teoría, Mieke Bal propone traer conceptos de otras disciplinas como una opción más útil para analizar ciertas obras…

Claro. En mi libro, por ejemplo, el marco teórico está presente desde el subtítulo, que es: “Crematística y estética”, pero ni la estética ni la crematística son disciplinas propiamente literarias. Por lo tanto, no se trata de una aplicación de un marco teórico, sino de conceptos que han funcionado en la sociología, la política y la filosofía y que considero útiles para explicar el proceso de profesionalización. Si en los ochenta fueron los críticos quienes se profesionalizaron, en los noventa −a partir de CONACULTA y un conjunto de redes institucionales− es realmente la figura del poeta la que pasa por este proceso. Hoy en día a estos nuevos jóvenes poetas se les pide que tengan grados académicos, que hayan ganado premios y que hayan disfrutado de becas. Hay una noción muy diferente del poeta y del proceso de profesionalización que implica serlo. A estas obras ya no nos podemos acercar nada más por el ámbito de la propuesta estética, sino que tiene que haber un buen balance entre estética, filosofía, propuestas de poética y crematística, es decir, el universo económico en el cual se desempeñan estos autores que empiezan a publicar a partir del año 2000.

En otras artes se utilizan conceptos semejantes. Por ejemplo, Brian Eno afirma que debemos de considerar las obras de arte como generadoras de experiencias y no como objetos. ¿Crees que el crítico puede ser guía para lograr esta experiencia estética?

Idealmente, el crítico tendría que hacernos planteamientos relacionables y relacionantes para decirle al lector con qué parte de su experiencia puede relacionar ese objeto estético. Desconfío mucho de la crítica, no en un sentido negativo, sino por el hecho de que un lector que no llega al poema, difícilmente llegará a ésta. Es más fácil llegar a la poesía de Jaime Sabines que a un crítico que escriba su experiencia de lectura sobre Sabines. Ese es el problema: que no hemos sabido tampoco establecer medios de comunicación eficientes entre el crítico y el lector, además, hoy por hoy, hay pocos críticos influyentes. Yo diría que Evodio Escalante es uno de ellos, pero creo que es más influyente entre académicos que entre lectores comunes. Cristopher Domínguez Michael es otro caso; es muy influyente dentro de un círculo restringido de seguidores que esperan para ver qué cosa dice, no tanto para ver cómo su lectura alumbra un texto. Creo que no hemos sabido tejer los caminos de la crítica para llegar a los lectores y, al final, esto se manifiesta de alguna manera en el microcosmos de la poesía. ¿Quiénes leen a los críticos? Pues fundamentalmente otros críticos y ocasionalmente los creadores, para ver qué dicen los críticos de ellos. Pero no hemos logrado llegar a la sociedad y será difícil hacerlo, en la medida en la que los mismos poetas están aislados de este marco social. Explicar la obra de un poeta que no se ha leído tampoco tiene mucho sentido.

Por último: ¿cuál sería la ética ideal para un crítico literario contemporáneo?

Creo que el crítico literario tiene que plantearse como propósito fundamental inmediato, crear vínculos con el público lector de poesía y, en una suma un tanto idealista, con la sociedad. No es fácil, porque normalmente el crítico tendría que partir de una plataforma de comunicación social. Pero ahora tenemos que empezar por plantearla. Una de las primeras plataformas está en el ámbito académico, que es donde nos reconocemos y reconocemos un público lector, pero sin perder de vista que esto debe crear algún vínculo con la sociedad en cierto punto. Es decir, el objetivo principal y fundamental de esta ética tendría que ser,en principio, explicarle la obra literaria a mis pares, dentro del espacio académico; sin embargo, después de esto hay un universo social, por lo tanto, la meta última debería ser que esta explicación se pueda dar en un plano social. Para ello necesitamos crear vías de comunicación, justo después de que las obras literarias hayan creado sus propias vías para que el primer contacto sea con la obra literaria y después con las posibilidades de interpretación.

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Alejandro Higashi es profesor investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa. Ha publicado distintos trabajos sobre literatura mexicana en revistas especializadas, así como Perfiles para una ecdótica nacional. Crítica textual de obras mexicanas. Siglos XIX y XX (2013) y PM/XXI/360°, Crematística y estética de la poesía mexicana contemporánea en la era de la tradición de la ruptura (2015). Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y participa en el Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea desde 2012.

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Rafael García González es Doctor en Humanidades con especialidad en Literatura por el Tecnológico de Monterrey. Se tituló con la tesis: La obra poética de Sergio Mondragón y Hugo Mujica: una mística abierta. Ha presentado trabajos sobre poesía latinoamericana en doce congresos nacionales e internacionales en México y Estados Unidos. También ha publicado diversos artículos, entre ellos: “La evolución de la forma en la obra poética de Vicente Huidobro: de El espejo de agua a El ciudadano del olvido”, en el libro Literatura en diálogo. Una muestra de estudios comparados, publicado por la Universidad de Guadalajara y “Abrir ventanas interiores: la meditación como tema poético en dos poemas de Sergio Mondragón”, en la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea de la Universidad de Texas en El Paso. Coordina talleres y círculos de lectura de poesía y es profesor de literatura en la Unidad San Pedro de la Universidad de Monterrey.