club de cuervos_intro

The Old Boys’ Club de Fútbol: Club de Cuervos (Netflix, 2015) y la política conservadora de género

Por Erin Gallo

¿Hasta dónde podemos las mujeres penetrar la industria futbolera? Ya somos atletas estelares, entrenadoras exitosas, y hasta árbitras, aunque la noción de igualdad de género parece desaparecer más allá de la cancha en puestos administrativos. La mujer de negocios tiene que «romper el techo de cristal» (break the glass ceiling) con algo más que pura preparación, especialmente en el fútbol, un deporte históricamente masculino. En otras instituciones públicas—como en La Real Academia Española o el gabinete presidencial de Justin Trudeau—la representación de género es el discurso du jour, un fenómeno tan inimaginable en el fútbol que ni se osa reclamar que el Real Madrid elija a una presidenta.

En España, sin embargo, dos clubes sí han contado con presidentas, y por lo tanto parece que las oportunidades femeninas vis-a-vis el fútbol masculino están alcanzando nuevas metas. La primera pionera, Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano de Madrid entre 1994 y 2011, fue tan exitosa como querida por los madrileños, cumpliendo un rol como matriarca conservadora del club. La segunda es Lay Hoon Chan, presidenta actual de Valencia CF desde el 2015. Su caso no es parecido al de Rivero, dado que los aficionados de Valencia no la han aceptado—quizás por su nacionalidad o su relación con los inversionistas extranjeros que son dueños del club—como hicieron los madrileños con la mujer aristocrática.

Pero más que ser muestras de «progreso» para las mujeres en el fútbol, estos dos casos subrayan los límites de ellas dentro de la administración. Chan está en una plaza precaria, con su equipo bajo sospecha de que desciendan a segunda liga tras una temporada decepcionante. Rivera, por su parte, como confesó en una entrevista con El Mundo hace unos años, es prueba de que los roles de género tradicionales deberían permanecer intactos cuando una mujer se halla en los negocios:

Lo que sí es cierto es que el mundo del fútbol es un poco machista, y yo creo que no hay que ser machista, pero tampoco feminista. La mujer tiene que dar estabilidad, ocuparse del marido y de los hijos. Si además le quedan fuerzas para desempeñar un cargo público, me parece muy bien que lo haga.

Es plausible entonces que el éxito de Rivero en la alta dirección se deba a que no subvirtió su rol como madre y ama de casa al hacerse empresaria. Al contrario, su mantenimiento del estatus quo ilustra que se acepta a las mujeres al club de fútbol bajo ciertas condiciones.

Conforme el discurso de género en el fútbol emerge y evoluciona, la producción cultural refleja esta dinámica discursiva, en apariencia liberadora pero efectivamente conservadora del status quo, como ejemplifica el reciente Club de Cuervos (2015). La primera serie de Netflix hecha en español enfrenta—de manera cómica e hiperbólica—la política de género dentro de la industria futbolera mexicana. Es una serie mestiza e híbrida que superpone la estética Hollywoodense a un panorama verosímil de la élite mexicana contemporánea y sus contradicciones, ridiculeces, y corrupciones, una característica proveniente de la colaboración binacional entre el director mexicano, Gary (Gaz) Alazraki (Nosotros los Nobles, 2013), y su equipo creativo norteamericano. Que esta sea la primera serie hecha para los consumidores hispanohablantes en Netflix sugiere que el fútbol es un sitio urgente de enfrentar la desigualdad de género y que esta dinámica es de interés internacional.

Lanzada en 2015 y actualmente en plena filmación de la segunda temporada que saldrá en un momento indeterminado este mismo año, Club de Cuervos narra la sucesión hereditaria de un equipo en declive a dos hermanos tras de la muerte inesperada del padre. Se parodia la cultura del fútbol, y por extensión la cultura empresarial, como un club exclusivo de hombres que ve a las mujeres como madres y objetos sexuales, no como estrategas astutas, socias viables, o sujetos con deseos propios. La protagonista principal—Isabel Iglesias-Reina—tiene que superar una serie de humillaciones y obstáculos para combatir el machismo en México y el deporte, forjando una historia de éxito femenino precario. A su vez, su hermano y adversario, Salvador Iglesias, representa la masculinidad fallida, una imagen risible del legado de su padre, un hombre «hecho y derecho» fabricado en el México posrevolucionario. A pesar de las intenciones manifiestas del equipo creativo de cuestionar el sexismo en el fútbol, la serie no evita los paradigmas que mantienen el sexismo ubicuo, y por ende recalca un ideario conservador de género similar al que plantea la dirigente española Teresa Rivero.

Para exagerar el conservadurismo en la esfera pública, Club de Cuervos alude sutilmente a algunas de las historias mayormente masculinas de la tradición literaria hispánica: la Biblia, la Conquista, y Don Quijote. Empezando con el patriarca, Salvador Iglesias, la Biblia es el texto obvio que guía la narración del negocio familiar. Salvador es un self-made man que no sólo erigió de la nada el club de fútbol ahora exitoso, sino que también engendró el crecimiento y la prosperidad económica del pueblo ficcional, Nuevo Toledo. Siguiendo las pautas metanarrativas patriarcales del texto sagrado judeo-cristiano, Salvador Iglesias literalmente salvó a un pueblo que antes carecía de comunidad e industria, refundándolo.

Cuando Salvador padre muere repentinamente en un sauna infernal acompañado de su hijo en el primer episodio,

Imagen2

deja a sus dos hijos y medio hermanos, Isabel y Salvador Jr., enzarzados en campañas perversas por la presidencia vacante,

Imagen3

Pero como ocurre con la estructura patriarcal de Abraham, Jacob, e Isaac del Génesis, el consejo directivo de los Cuervos (compuesto por hombres) se asegura de que la plaza más alta del equipo se pase sin cuestionarse de padre a hijo, aunque Salvador sea un incompetente sin preparación para ese reto. Como se nos indica desde el primer episodio, el patriarcado es una tradición milenaria que sigue marcando las instituciones actuales.

Isabel (Mariana Treviño), la hermana mayor, sería la elección más lógica como sucesora a causa de su antigüedad con el club y su educación dentro de la industria deportiva. Como la Reina Católica invocada por su nombre, Isabel Iglesias-Reina es ambiciosa y preparada; sirve como una bóveda de información acerca de los protocolos del negocio y la historia de los Cuervos. Pero toda esta preparación anterior se pasa por alto por una razón biológica, como nos recuerda ella misma: «15 años en el puesto ganándomelo poco a poco, y se lo van a dar a Chava porque yo no tengo un par de huevos».

Salvador (Luis Gerardo Méndez), el hermano menor caracterizado como caprichoso y lerdo, no tiene que trabajar para asegurar su ascenso a la presidencia: su privilegio masculino trabaja por él. Su discurso desde la primera escena resulta ser una farsa cuando nos enteramos de que sus ideas y recuerdos son robados de Isabel. Nos indignamos cuando, frente al estadio lleno de fans, se autoproclama presidente, un acto que nadie en el consejo opone.

Imagen4

Cuando el vice-presidente de la organización, Félix Domingo (Daniel Giménez Cacho), justifica este golpe de estado, le dice a Isabel: «Tú estás perfecta en operaciones, pero tú no puedes lidiar con jugadores, tú no puedes lidiar con dueños de los equipos. ¿Sabes por qué? Porque eres mujer». Esto es mansplaining por excelencia: la gerencia del fútbol es sólo para hombres.

Se le recuerda a Isabel una vez tras otra que su destino no se encuentra en el éxito del negocio familiar sino en la maternidad, el paradigma sociocultural que, según Julia Kristeva, se explica porque la temporalidad no pertenece a las mujeres sino a los hombres. En su famoso ensayo, “El tiempo de las mujeres,” ostenta que los hombres son considerados en términos teleológicos: crean la historia, producen, y generan progreso. Por consecuencia son equipados para llevar un club de fútbol hacia un gol lineal. Mientras tanto, las mujeres se hallan en un tiempo cíclico y reproductivo relacionado con la fertilidad y la eternidad—o sea, lo circular. Lo femenino entonces se radica en el espacio, no en el tiempo. El antagonismo entre Isabel y Chava perpetúa esta diferenciación temporal: donde Chava tiene el potencial de llevar a los Cuervos de modo lineal hacia el futuro, los otros personajes asumen que el futuro de Isabel tiene que ver con su reloj biológico.

De hecho, la maternidad dentro de la serie existe en oposición directa al éxito de Isabel dentro de la organización futbolística. Félix le recuerda que debería abandonar sus esperanzas para el futuro porque, «Mija, tu papá siempre quiso que tuvieras hijos, que disfrutaras el fruto de su trabajo. No es este mundo el que quería para ti». Este comentario llega al final de su campaña despiadada de impugnar a Chava de su trono, y es también el primer episodio en el cual Isabel considera tener una familia. A lo largo de la primera temporada, el deseo maternal para la protagonista no es biológico, sino cultural, y a pesar de sus ambiciones dentro del club, Isabel tiene que escoger una existencia maniquea entre ser madre o mártir.

En un plano afectivo, Club de Cuervos invita más simpatía con el personaje de Isabel que con el personaje de Chava. Como espectadores nos encontramos con escenas que complican y profundizan la subjetividad femenina, dejándonos ver sus batallas contra el sexismo sin victimizarla. Por un lado, el programa la vilipendia como una mujer histérica, como cuando agrede a Chava a golpes en los primeros minutos del primer capítulo. Los juegos de Isabel, parecidos a los de House of Cards, incluyen el chantaje fotográfico y las denuncias públicas de la capacidad directiva de su hermano en la televisión nacional. Pero, por otro lado, Isabel es vulnerable y compartimos su indignación basada en una discriminación de género que nos provoca tanto lástima como compasión. Es decir, a pesar de ver las manipulaciones a las que recurre, su supuesta histeria está justificada, y el espectador termina admirándola porque supera las injusticias con determinación e inteligencia.

La escena ejemplar de su genio está en el cuarto capítulo, cuando Isabel se apropia de las mismas herramientas del patriarcado para recuperar una relación rota con Dragon Cola, patrocinador de los Cuervos. Para arrojar al Señor Rubio, Isabel lo sigue al table dance donde los hombres llevan a cabo sus negocios rodeados de mujeres desnudas. De repente, todas las bailadoras desparecen a un cuarto privado donde Isabel les dice que ha rentado su tiempo toda la tarde y así entablan diálogo como amigas y confidentes. Visualmente, Isabel se pone en el centro de la escena, y las otras mujeres a su alrededor—una imagen de solidaridad femenina—mientras hablan de sus inversiones, ahorros, y planes personales.

Imagen5

En otras palabras, están en una junta de negocios que se parece a aquellas que conducen en la oficina central de los Cuervos. El vuelco al sexismo también está en que las mujeres utilizan su objetivación física para su beneficio, acumulando capital e inversiones para asegurar sus existencias como mujeres independientes.  El plan de Isabel en efecto funciona, porque el Señor Rubio ve su dominación masculina cuestionada y restablece relaciones con Isabel y el Club de Cuervos.

Gran parte de la admiración hacia Isabel proviene de la masculinidad fallida de su hermano.

Imagen6

Lejos de ser un caudillo, Salvador Junior es un Don Quijote, idealista e ignorante que conduce al equipo casi a la bancarrota. Chava, quien insiste en que le llamen «Salvador», es un mirrey inmaduro, indulgente e impulsivo cuyo sueño guajiro es tener el primer «Real Madrid de América». Quiere renombrar el «Plan de Ocho Años» como el «Octagón» y propone que los jugadores escriban tuits durante los partidos y desde la banca. También cuenta con su fiel Sancho Panza llamado Hugo Sánchez, pero como Chava es tan indocto a la historia futbolística nacional, no reconoce que Hugo Sánchez es el nombre del jugador más icónico de México, el que jugó siete años con el Real Madrid durante los años ochenta.

Si bien Club de Cuervos propone una parodia del sexismo sistémico en el fútbol, el programa no se aparta de la tradición telenovelesca en la cual las mujeres compiten entre sí. El drama entre Isabel y Mary Luz (Stephanie Cayo), la novia enviudada de Salvador Sr., gira en torno al bebe aún no nacido que será el presunto tercer heredero de la riqueza familiar.

Imagen7

Por este conflicto estereotípico, Club de Cuervos falla la prueba Bechdel, el barómetro que pretende medir si una obra es feminista al preguntarse tres cosas: 1) ¿Hay más de una protagonista? 2) ¿Se hablan? 3) ¿Se hablan de cosas más allá de los hombres? Considerando la cruzada de Isabel contra Mary Luz, se puede concluir que mientras el programa proyecta viñetas de mujeres inteligentes que aprenden a sobrevivir en un mundo machista, no logra incubar una cultura en la cual las mujeres construyen para sí mismas una red de apoyo y ayuda.

El club de hombres no sólo excluye a las mujeres: también define qué tipo de hombre puede tener membresía: heterosexual y blanco. Chava lamenta sarcásticamente en el capítulo 12 que «El fútbol sí es para niñas, pero no es para gais». Se refiere aquí al escándalo sexual causado por la evidencia fotográfica del beso entre Aitor Cardoné (Alosian Vivancos)—el pretencioso nuevo miembro importado de España—y su manager. Aitor, quien se identifica como pansexual, es finalmente demasiado radical para la cultura homofóbica y conservadora endémica a Nuevo Toledo. Paradójicamente, sin embargo, esta estrella liberada perpetúa las expectativas heteronormativas, ya que es él quien le dice al esposo de Isabel, Rafael Reina (Antonio de la Vega), que su apellido no es suficientemente «macho».

Club de Cuervos intenta otros puntos de interseccionalidad, aunque sigue reproduciendo los estereotipos de clase, sexualidad, y raza abundantes en la pantalla chica. En la superficie, está obvia la brecha entre la privilegiada familia Iglesias y los fanáticos de clase baja y obrera. La demográfica racial en el pueblo industrioso de Nuevo Toledo es más morena que Isabel y Chava, y los ciudadanos promedios no viajan en helicóptero ni viven en mansiones. En el espacio masculino del vestidor, Club de Cuervos invoca los sentimientos homofóbicos, como el horror del entrenador cuando se entera de que la prostituta que lo tiene enamorado es transexual. Se entrevén además las dinámicas de raza prevalentes entre los latinoamericanos mismos. El club depende de las habilidades del jugador brasileño, pero como no habla español sino portugués, se queda al margen de los demás, al contrario de la estrella argentina, de apariencia blanca, quien cuenta con su llamada «mochila invisible» para entrar al club figurativo de los hombres.

Para arruinar el final de la primera temporada, el consejo quita a Chava de la presidencia, dejando pasar a Isabel al trono.

Imagen8

Es más, las dos protagonistas—Isabel y Mary Luz—encuentran una tregua, ya que es Mary Luz, nuevo miembro del comité, quien otorga el voto decisivo para este cambio administrativo. En teoría, pues, parecen dos victorias para las dos mujeres estrategas que han llegado a posiciones de poder. El final, sin embargo, no es así. Isabel, la presidenta, ahora se enfrenta con el remordimiento de la disolución de su familia y los sacrificios éticos en el camino. Estas dudas las confirma su esposo, Rafael, porque le preocupa que ella haya arriesgado su bondad con los juegos sucios involucrados con el poder: “Solamente espero que este triunfo no te haya enseñado que esta es la persona que tienes que ser para lograr lo que quieres.” Si toda la temporada es un juego entre Chava e Isabel, y en el último momento Isabel logra una victoria, ésta, en vez de provocar celebración y orgullo, conlleva vergüenza y arrepentimiento. Es decir: una vez más el subtexto patriarcal no permite a la mujer disfrutar del merecido éxito sin pagar sus respetos y mantener una deuda simbólica con el patriarca defenestrado.

Tras la política de género que la serie propone hay una disparidad cultural enorme proveniente de su producción. La estadounidense, Alessia Constantini, es la única escritora en el equipo de cinco escritores masculinos, un desbalance que imita la minoría de género en el consejo directivo de los Cuervos. En una entrevista con The Huffington Post, Constantini habló de esta experiencia:

Because I was the only female in the room, part of my marching orders were to keep an eye on the way that women were depicted on the show. I was honored to have that responsibility. It was challenging because I knew we were facing a culture that had certain stereotypes in place. […] Having worked in rather “male-dominated” fields such as engineering and comedy, this was something I could relate to. The perception of the main characters is that “soccer is not for girls.” So the expectations are very low for Isabel. So in terms of a story that I wanted to be a part of, that was deeply meaningful for me.

Su confesión aquí—de que se encargaba de la representación de género de una cultura ajena—invita muchas preguntas con respecto a la autoría y autoridad de hablar de género y fútbol en México. ¿Es Isabel una proyección exotizada de cómo la guionista imagina que las mujeres mexicanas encaran su subordinación? ¿Aspiran las mexicanas a llegar a posiciones de poder dentro de los clubes de fútbol? Dicho de otro modo, ¿es este otro caso de feminismo imperialista que escoge hablar por las mujeres extranjeras? A la inversa, podríamos también considerar con qué precisión Club de Cuervos marca las faltas de una cultura futbolística que aún sigue poco amigable hacia las mujeres. De esta manera ¿desestabiliza la serie las actitudes tradicionalmente machistas para proponer un nuevo tiempo para las mujeres dentro de la administración del fútbol? Tendremos que esperar a ver el desarrollo de la segunda temporada.

___________

Erin Gallo, futbolista, entrenadora, y estudiante doctoral en la University of Oregon, se nutrió de varios partidos internacionales (Copa América, las finales de la Copa del Rey, la Copa Europea, y Champions League) durante el proceso de escritura de este artículo.