Fabricacion1

Yo también soy fabricado. No sólo porque soy
sino porque todos los pronombres se fabrican.

Najwan Darwish

Por Alejandro Baca

Lo primero fue el verbo, ya después vino la poesía. Cuando el filósofo y lingüista, Ludwig Wittgenstein, nos dice que «en la palabra está contenido el mundo» olvida señalar que el mundo es la prisión más extensa y la palabra está cautiva en él. Porque la silla de curul no era silla de curul cuando era árbol y, en latín, sella curulis es un carro de guerra. La palabra es una planta de tallos alongados que no se sostiene por sí misma y se esparce por las paredes de esta prisión que es el mundo. Es común ver perdida la raíz y en cada brote la palabra se resignifica de acuerdo a la porosidad del entramado para, así, nacer nuevamente. Esta planta está viva y cuando el lingüista o el filólogo se embosca entre sus peldaños caen bajo el influjo de la anamnesis y el olvido.

Las palabras mienten o somos los hombres los que no tenemos la capacidad de domar las bestias que horneamos. Pienso que la noche es una, aunque cada noche es distinta. Entonces me pregunto ¿qué es la noche? La noche es oscura pero ya no es oscura. Al menos cuando he nacido la noche ya no era oscura. ¿La noche ha muerto? —me pregunto— «¿Cómo pueden morir los inmortales?» —responde el poeta y profeta alemán, Friedrich Hölderlin— irritado, ante esta afirmación disfrazada de pregunta y cargada de imprudencia.

¿Las palabras mienten?

Sostengo una piedra en mi mano y pienso en la montaña. La piedra en mi mano es una piedra común y corriente. Dura y áspera, mientras en la montaña esta misma piedra es imponente y majestuosa. Entonces la piedra es piedra hasta que se desprende de la montaña. Pues la montaña, aunque de piedra, es montaña y gracias a eso conserva su capacidad de significación. ¿Si arrojase la piedra al río y la recogiera en treinta años, cuando el roce de la corriente hubiera limado su rugosidad ¿seguiría siendo piedra? Quizá la piedra sólo es dura. Me pregunto hasta qué punto «la cosa» significa «cierta cosa» y en qué momento transmuta a «otra cosa». El mundo se entrelaza en figuras y significados que al momento de llegar a la realidad se transforman en un torbellino de afijos, sufijos y etimologías del sinsentido.

En este mundo nada es absoluto; sin embargo, lo percibimos. Sabemos que está ahí y, no conformes, lo nombramos. Nombramos un mundo que cambia tan aprisa que apenas tenemos tiempo de recordar su tesitura. La montaña se derrumba poco a poco, y la palabra sigue siendo igual de imponente y majestuosa. Las aguas de los ríos mañana serán mares y la palabra es la única constante.

En un mundo efímero y perecedero, uno se pregunta si hay alguien o algo capaz de hablar con la verdad, de nombrarla, de hacerla existir en armonía. ¿Qué me asegura que esto no es «un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia, que no tiene ningún sentido»? La respuesta es la misma para todas aquellas preguntas que no queremos (o no sabemos) contestar: la poesía.

En L’homme qui rit, el escritor francés Víctor Hugo nos dice: «Toda planta es una lámpara», mientras que Honore Balzac, en Louis Lambert, escribe: «Todo perfume es una combinación de aire y luz». Para los dos, aquella planta es la síntesis del aire y la luz. Pareciera que el único ser poseedor de la verdad es aquel capaz de percibir el mundo más allá de la palabra, más allá de la simple conciencia que todo lo manosea sin sentirlo, la conciencia figurativa. Ese hombre capaz de robar el fuego que alumbra la morada de los dioses y, sin incendiarse, lo lleva en descenso hasta la tierra de lo efímero y lo mundano: Prometeo o el poeta.
Dos hombres separados brevemente por el tiempo logran elucidar la naturaleza de la planta en la síntesis de la luz y el aire. Lo que me lleva a preguntarme, ¿ese Prometeo o poeta es un creador o un fabricador? Víctor Hugo y Honore Balzac no crean un objeto, lo sintetizan. Hacen del objeto una construcción planeada y concienzuda a partir del significado simple y llano de las cosas.

Cuando uno piensa en la planta, piensa en verde, pero qué ocurre cuando de la planta brota una flor, rosa o amarilla, violeta o carmín. Entonces la flor gana una significación que conviene a la planta pero la supera en cualidades. La flor no es flor hasta que es arrancada. La palabra origen impide elucidar la totalidad del objeto. La palabra miente.

El fabricador.

«No cantes a la rosa, hazla florecer», dicta el poeta chileno Vicente Huidobro. Porque el poeta no es un merolico que va repitiendo todo lo que escucha, su trabajo es el de llevar la palabra en su significado original de la evocación a la invocación. De traer al mundo las cosas, mas no de darles nombre, de darle sentido a las cosas, a las emociones, a las experiencias. De hacer algo real a todo aquello que no puede ser nombrado.

El poeta no es un creador, pues la rosa ya era rosa cuando el poeta le cantó. No hizo de cúmulo los pétalos ni la lanzó desde las alturas. El poeta hizo que la rosa existiera y la trascendió. Porque la flor se marchita a los pocos días de haber sido concebida. Su naturaleza es la naturaleza efímera del hombre. Se extingue por existir. El mismo Vicente Huidobro también lo sabe cuando dice que «el poeta es un pequeño Dios». El poeta es un Dios, pero en pequeño, ya que el verdadero poeta es capaz de crear un mundo en la palma de la mano; sin embargo, para formar este mundo fue necesario valerse de un mundo tangible y menguante. El poeta no configura el mundo, lo hace existir. Ya que, para aquél, el jardín no es un jardín, sino un conjunto de flores, insectos y mosaicos. Cada uno con un carácter propio que al coexistir hacen del jardín un plano de posibilidades infinitas.

Sin embargo, en la aproximación del poeta radica la lejanía. En las Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar, escribe: «Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce del que nos ha sido dado, diferente a él y casi inhabitable en la práctica». La poeta y dramaturga es consciente de la magnificencia del poeta, de su capacidad de fabricar cosmos, entretejerlos y casi habitarlos. En Conversación con una piedra, Wislawa Szimborska desafía las posibilidades de la poesía al mantener una conversación con una piedra: «-Soy yo, déjame entrar. / Quiero penetrar en tu interior, / echar un vistazo, / respirarte». A lo que la piedra responde: «-No tengo puerta-». La piedra no sabe de figuras o formas. Su existencia es inhumana, por lo que nos expulsa de sí. No permite ser habitada, ya que la palabra no puede ser habitada. El poeta brasileño Lêdo Ivo, escribe: «Ninguna lengua es patria […] Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante». En estos tres poetas, diametralmente opuestos, encontramos un discurso lineal, una necesidad de establecer la posición del hombre frente a la palabra y marcar los límites de la poesía. Es decir, el poeta es capaz de traer al mundo las cosas, de hacerlas existir en su totalidad, sin embargo al sumergirnos en ella nos encontramos limitados, sin capacidad de erigir un diálogo con «la cosa» (piedra), de habitarla o de hacerla práctica.

Por lo tanto, el poeta no puede ser considerado un creador, ya que sus límites lo mantienen atado a la realidad. La voluble, menguante e intrínseca realidad. Es por eso que al escribir sobre la planta tanto Víctor Hugo como Honore Balzac coinciden en los elementos que la conforman. Al sintetizar el mundo en palabras clave fabrican una realidad. Coinciden en los ingredientes de fabricación, ya que cada cosa lleva consigo alguna cualidad que la describe e, irónicamente, no es capaz de definirla.
Si Dios creó la poesía, la hizo el séptimo día, cuando ya todo estaba hecho.

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Alejandro Baca (Estado de México, 1990). Ensayista, crítico y poeta. Coeditor en Cuadrivio Ediciones. Forma parte del consejo editorial de la revista Ritmo de UNAM y del consejo editorial de La rabia del axolotl. Ha publicado poesía y crítica literaria en periódicos y revistas como Círculo de poesía, Punto en línea, Periódico de poesía, Suplemento cultural Laberinto, Revista Flint, El Avispero, entre otras. Mantiene la columna Breves tratados sobre el tedio. Ha sido publicado en las antologías de poesía nacionales e internacionales. Publicó el poemario “Apertura del cielo” en editorial Naveluz.